Nicolas Bouvier, el viaje que transforma

 

Los caminos del mundo: Viaje desde Yogoslavia hasta la frontera con la India 

Alberto Panizo Pragi 

Hay escritores que viajan para descubrir el mundo y otros que viajan para descubrir qué sucede dentro de ellos cuando se encuentran frente a un mundo desconocido.

Patrick Leigh Fermor y Nicolas Bouvier pertenecen a esa estirpe de escritores para quienes el viaje no es simplemente desplazarse de un lugar a otro, sino una forma de conocimiento.

Sin embargo, sus miradas son diferentes.

En Patrick Leigh Fermor encontramos al viajero humanista, al hombre que camina por Europa como quien atraviesa un inmenso libro de historia. Su curiosidad parece no tener límites. Le interesan las lenguas, las arquitecturas, las leyendas, los personajes, las tradiciones y las huellas de las civilizaciones. Su escritura es rica, exuberante, llena de referencias culturales y de una extraordinaria capacidad para reconstruir ambientes.

Leer a Fermor es viajar acompañado de una inteligencia curiosa y de una memoria prodigiosa.

Nicolas Bouvier, en cambio, parece viajar de otra manera. En Los caminos del mundo, su extraordinario relato del viaje hacia Oriente junto a Thierry Vernet, no encontramos tanto el deseo de abarcar el mundo como la voluntad de abandonarse a él.

Bouvier observa. Escucha. Se detiene. Se mezcla con las personas y acepta la incertidumbre de cada jornada. No parece tener demasiada prisa por llegar a ninguna parte. Lo importante sucede en el camino, en una conversación, en una habitación de una ciudad desconocida, en el rostro de alguien que se cruza fugazmente con su vida.

Hay en él una sensibilidad casi contemplativa. Una escritura que no necesita imponerse al paisaje, sino que parece dejar que el paisaje encuentre su propia voz.

Quizá la diferencia entre ambos podría expresarse así: Fermor viaja para conocer el mundo; Bouvier viaja para permitir que el mundo lo transforme.

Y esta es una de las grandes enseñanzas que encuentro en la literatura de viajes. Viajar no consiste necesariamente en acumular lugares, fotografías o experiencias. A veces significa perder algunas de nuestras referencias, abandonar temporalmente nuestras seguridades y descubrir que la realidad es mucho más amplia que nuestra manera habitual de interpretarla.

Me gusta pensar que hay viajes que amplían nuestra cultura y otros que ensanchan nuestra conciencia. Los mejores, probablemente, hacen ambas cosas.

Porque al final no recordamos solamente los lugares que hemos visitado, sino también la persona en la que nos hemos convertido después de atravesarlos.

Quizá ese sea el verdadero sentido de viajar: salir al encuentro del mundo y regresar siendo, de alguna manera, otro.

Una última observación: hay una frase que resume maravillosamente el espíritu de Bouvier y que merece acompañar esta reflexión: «Crees que estás haciendo un viaje, pero pronto es el viaje el que te hace o te deshace». Es una traducción de una de sus ideas más conocidas sobre la experiencia de viajar. 

Personalmente, creo que esa es la gran aportación de Bouvier a la literatura viajera: nos recuerda que el viaje más importante no siempre es el que nos lleva más lejos, sino el que modifica nuestra manera de mirar.

 

 

 

 


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