El Gatopardo, una reflexión sobre la impermanencia
Hay películas que entretienen, otras que admiramos por su belleza, y unas pocas que nos acompañan como una enseñanza de vida. El Gatopardo de Luchino Visconti es, para mí, una de ellas. La primera vez que la vi quedé fascinado por su extraordinaria belleza visual. Con el paso de los años he descubierto algo más profundo: una reflexión sobre la impermanencia. Todo cambia, todo se transforma, todo nace y desaparece. Es una idea que encontramos en las tradiciones meditativas de Oriente, pero que Visconti expresa aquí con una elegancia y una sensibilidad extraordinarias. El príncipe de Salina contempla cómo un mundo entero se desvanece ante sus ojos. No lo hace con rabia ni con resentimiento, sino con una lucidez que me recuerda a esos momentos en los que, durante la meditación, observamos la vida tal como es. Los cambios llegan, nos gusten o no. La juventud se aleja, las épocas terminan y los sueños también se transforman. Resistirse produce sufrimiento; comprenderlo abre la puerta...